Un futuro probable en el marco de un futuro imprevisible (o qué pasará en la Argentina si todo sigue como hasta ahora)

Por Luis Lafferriere El texto del autor analiza la grave crisis que vive la sociedad argentina en la actualidad, desde una mirada estructural, considerando los posibles escenarios que pueden presentarse en el corto y mediano plazo en la Argentina (De la Redacción del Chasqui del Litoral). El grave estado económico y social en que se halla la sociedad argentina en las últimas semanas (y desesperante para un sector importante de la población), es el desenlace esperable de una política perversa que llevó adelante el gobierno nacional desde que asumió en diciembre de 2015. Si bien en ese momento existían problemas graves, el nuevo gobierno los potenció intencionalmente, hasta llegar a la situación actual. La herencia kirchnerista En una economía dependiente y con desequilibrios estructurales, reprimarizada y extranjerizada fuertemente desde la década del ’90, la herencia que dejaron los más de doce años de los gobiernos kirchneristas distaba de ser floreciente. El modelo económico-social neocolonial, extractivista depredador, de saqueo y corrupción, gestado durante el peronismo menemista (y con antecedentes que venían desde la última dictadura), se desplegó con fuerza luego de la crisis del 2001/2002, y pasó por varias etapas. Una primavera expansiva, acompañada de la recuperación parcial de empleos, salarios y haberes jubilatorios (perdidos en la depresión de fines del siglo anterior y principios del actual), fue agotando los motores iniciales hasta la crisis del 2009. Al no cambiar las bases estructurales del modelo, la política autodenominada “nacional y popular” va a ir mostrando de a poco sus graves limitaciones: concentración muy elevada de la economía, sectores de mayor rentabilidad en manos de corporaciones extranjeras, centrada en sectores extractivistas insustentables, con escasa generación de empleo genuino en el sector privado, y un sistema tributario regresivo donde los que más ganan se llevan el grueso de sus beneficios al exterior, no generan empleo y casi ni pagan impuestos. Luego de la crisis del 2009, la economía entró en un amesentamiento y con altibajos llegó a fines del 2015 con fuertes desequilibrios fiscales y externos, que trataban de taparse con medidas desordenadas y cosméticas, que sólo buscaban ganar tiempo para llegar mejor a las elecciones presidenciales de ese año. El déficit de las finanzas públicas era cubierto de manera creciente por emisión monetaria, y las dificultades del sector externo (con un claro atraso cambiario) se tapaban con crecientes controles discrecionales, que buscaban artificialmente ocultar los problemas de fondo del modelo en cuestión. 11 A pesar de la recuperación económica, de la reactivación de la industria y el comercio, de las mejoras salariales y sociales, la pobreza se mantenía cercana al 30% de la población, en tanto que los problemas laborales afectaban a casi la mitad de la PEA (población económicamente activa) por desempleo, subempleo y empleo precario e informal. Cambiemos… para peor En lugar de traer soluciones, el gobierno de Macri sólo multiplicará al extremo todos los males que existían hasta el momento de asumir, y aplicando una política deliberada llevará al país a una crisis profunda, con gravísimas consecuencias para la mayoría de la sociedad. La crisis autogenerada se gestó a partir de un fuerte proceso de endeudamiento externo (irresponsable e innecesario), agudizado por medidas que, por un lado, impulsaron importaciones prescindibles y promovían la salida de divisas (libertad absoluta para la fuga de capitales), y por el otro, permitían la permanencia de las divisas en el exterior por parte de los exportadores argentinos (exportaciones concentradas en un puñado de corporaciones extranjeras). Políticas de endeudamiento interno a tasas de interés siderales, van a garantizar rentas fabulosas en pesos a los especuladores, que luego van a comprar dólares para llevar su botín al exterior. Y como los dólares no alcanzan para ser saqueados de manera irracional, se vuelve a nuevo endeudamiento por parte del Estado, que sólo opera para garantizar más riqueza a los ricos. Pero lo hace con más deuda, cuyo pago se va a cargar sobre las espaldas de los que menos tienen. Un camino que llevaría indefectiblemente a crisis cambiaria y fiscal, por el peso creciente del pago de los intereses, y a nuevas necesidades de tomar deuda, para cubrirlas. A la vez, se incentivó de manera deliberada un elevado proceso inflacionario, a partir de fuertes devaluaciones periódicas de nuestro peso, que golpeaban sobre los ingresos reales y achicaban el poder de compra del mercado interno. A eso se sumaron disposiciones a favor de un grupo de corporaciones monopólicas vinculadas al sector energético (combustibles, gas y electricidad), dolarizando sus precios y tarifas, haciendo casi imposible su pago por amplias capas de la población (consumidores, PYMES, cooperativas, organizaciones sociales, etc). A medida que avanzaba esa política concentradora y saqueadora, se iba poniendo en evidencia uno de los objetivos principales del grupo gobernante: transferir riquezas a un puñado de corporaciones (la mayoría vinculada al entorno presidencial y de sus más altos funcionarios), a sectores especuladores parasitarios y a un grupo de grandes bancos privados; todo a costa de un empobrecimiento del grueso de la población (sectores de ingresos medios y bajos). Pero la persistencia en las mismas políticas, a pesar de los terribles resultados en términos del aumento del desempleo, de cierres masivos de PYMES, del deterioro brutal de las condiciones de vida de varios millones de argentinos, de la destrucción de parte del tejido industrial, entre otros horrores; fue poniendo al descubierto un objetivo estratégico mayor del gobierno: provocar un quiebre de lo que aun queda en pie de la industria nacional (con casi el 40% de la capacidad instalada paralizada por la recesión), la desaparición del grueso de las micro, pequeñas y medianas empresas (contada ya por varios miles que cerraron sus puertas), y la desintegración de la golpeada clase media (que durante los años de macrismo se llevaron más de dos millones y medios de argentinos a caer en la pobreza, la indigencia y la vulnerabilidad social). El resultado de las Paso dejó claro el repudio general de los votantes hacia las políticas antipopulares y entreguistas de Macri y sus secuaces. Eso va a acelerar el desencadenamiento de crisis más graves y profundas, al abrir un nuevo escenario el día después, donde las “fuerzas del mercado” manifestarán su descontento con la opinión popular, potenciadas con la actitud del gobierno de castigar a quienes votaron por la oposición. 12 ¿Qué puede pasar a partir de ahora? Si se piensa en cómo pueden evolucionar algunas variables del mercado (valor del dólar, de las acciones, del riesgo país, de la inflación, etc), se trata de una misión casi imposible. Nadie puede pronosticar más allá de unas horas lo que puede suceder en un marco de incertidumbre extrema, y donde juegan mucho las decisiones de grupos poderosos de presión, las medidas del gobierno, etc. En ese sentido, se puede hablar de un futuro incierto, imprevisible, sujeto a un conjunto de variables cuya evolución no manejamos ni conocemos con certeza. No obstante, también se puede hablar, en el marco de ese futuro incierto, de ciertas premisas previsibles. Se pueden hacer algunas consideraciones sobre posibles tendencias futuras en la medida que se mantengan las condiciones actuales respecto del comportamiento de los principales actores, en un marco donde pugnan intereses contrapuestos, incluyendo el gobierno nacional, la oposición triunfante en las Paso (y casi seguro en las elecciones generales), el poder de las fracciones económicas más concentradas, la presión de los EEUU y el FMI, los sectores populares movilizados y organizados (con grupos kirchneristas y de izquierda más radicalizada). Entonces… ¿hacia dónde vamos? En el corto plazo (con este gobierno) La fuerte devaluación (alrededor del 25%) producida luego de las Paso va a generar una nueva y brutal transferencia de ingresos en la sociedad argentina, afectando a la abrumadora mayoría de la población, en especial trabajadores, desocupados y jubilados (que ya vienen soportando los efectos nocivos de las políticas públicas aplicadas desde hace más de tres años). Como la mayor parte de los bienes y servicios que se comercializan en el país tienen precios que varían en función del valor del dólar, la devaluación del peso se trasladará al conjunto de los precios, beneficiando a los sectores exportadores, a los dolarizados internamente (combustibles, energéticos), a los bienes transables y a las corporaciones monopólicas que controlan los mercados. Un proceso que se desató rápidamente y cuyo impacto se verá (y se sufrirá) en los próximos meses. Eso implica una transferencia de riqueza, ya que a los beneficios de los sectores minoritarios los pagarán quienes dependen de su fuerza de trabajo, de sus haberes o de subsidios miserables, a través de la pérdida del poder adquisitivo de sus ingresos. Las medidas posteriores a la devaluación anunciadas como paliativos, no tendrán mucho impacto en términos de calidad de vida, ya que se trata de medidas insuficientes, tardías, inconexas, que a lo sumo implicará un reparto de migajas que no compensan ni de cerca las pérdidas anteriores ni las recientes de los sectores perjudicados. Los anuncios de las nuevas autoridades de Hacienda no modifican los ejes esenciales de las políticas previas, y ratifican el rumbo que traía la economía (sobre la base de las imposiciones de ajuste por parte del FMI), aunque en un contexto diferente. En todo caso se ven agravadas por la suba de las tasas de interés (al 75% y hasta el 85%) que a pesar de eso, no han impedido la retirada de capitales especulativos y de los bancos extranjeros ante la incertidumbre futura sobre la capacidad de pago de la Argentina. El impacto neto de ese conjunto de medidas en el marco de la economía actual anticipa la continuidad del escenario de estanflación, y con amenazas serias de que la situación se agrave si no se contiene el dólar. Con una inflación de por lo menos un 55%, y con salarios que cayeron alrededor del 15% en el 2018 y pueden caer otro tanto este año, la regresión distributiva tiene pocos precedentes en nuestra historia reciente. 13 A la vez, la recesión más profundizada para este año, continuará hasta el año siguiente, con el consiguiente impacto negativo sobre el empleo y la desaparición continuada de las empresas más vulnerables por la falta de mercado. Ese sería el escenario más optimista. Porque si se agrava la pérdida de divisas y el gobierno no logra controlar la situación, el valor del dólar puede llegar a cifras cercanas a los cien pesos o más, con la hiperinflación asomando como un probable fantasma demoledor sobre la gran mayoría de la población. De todos modos, el fin de la gestión de Cambiemos implica también un alivio, en este mar de horrores y miserias que ha generado. El alivio de saber que no alcanzarán a cumplir con la totalidad de sus objetivos estratégicos: de destruir la industria, de terminar con las PYMES y de liquidar a la clase media argentina. En el mediano plazo (con un nuevo gobierno) ¿Continuará vigente el mismo modelo económico social? ¿Pagará el conjunto de la sociedad una deuda que fue generada para abastecer de dólares al saqueo de la voracidad parasitaria y especulativa? ¿Pagarán impuestos los que más tienen y más ganan en la Argentina, o la presión tributaria seguirá cayendo sobre las espaldas de los perejiles? Decía antes que este modelo que se despliega luego de la profunda crisis de principios de siglo, es un modelo neocolonial, concentrador, extractivista depredador, de saqueo y corrupción. Su continuidad significa que se reconocerán los ‘pactos preexistentes’ con el FMI y grandes corporaciones, incluyendo las obligaciones públicas impagables y los contratos con grandes empresas que les garantizan una renta extraordinaria, a costa del erario público y del golpeado bolsillo de la masa mayoritaria de consumidores. Es posible que se generen fuertes tironeos entre los dueños del poder y la conducta de los nuevos gestores a cargo del ejecutivo nacional, necesitados de dar algunas muestras de cambios y de alivio a la dramática situación actual. Si bien no pareciera que hubiera disposición para enfrentar a los grandes grupos económicos ni al FMI, es muy probable que la actitud del nuevo gobierno no sea la misma que la del actual. Esto abre, sin dudas, un panorama de incertidumbres que dependerá de las presiones de los poderosos sobre el gobierno, y de la resistencia y la lucha popular en defensa de los intereses de los sectores mayoritarios. De ahí la importancia de insistir respecto de la actitud de la sociedad argentina, que debe dejar de creer en los espejitos de colores que les ofrecen los sectores dominantes con las elecciones, para que crean que los cambios vendrán simplemente con sólo poner el voto cada cuatro años. Es cada vez más necesario asumir que los cambios en sentido favorable a los sectores mayoritarios sólo serán factibles en la medida que se logre una creciente participación popular y un compromiso persistente del conjunto de la sociedad. Está visto en estas tres décadas y media de democracia que nadie nos regalará nada, y que los cambios necesarios no vendrán de arriba, sino de la lucha de todos, todos los días, por la construcción de un mundo mejor.

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