Un cáncer que está devorando a la humanidad

 

 

Por Luis Lafferriere / Docente universitario – Direc-

tor del programa de extensión de cátedra “Por una

 

nueva economía, humana y sustentable” (UNER)

– Miembro de la Junta Abya Yala por los Pueblos

Libres.

 

 

 

El ser humano es un animal social. Siempre debió vivir en comuni-

dad. Eso fue necesario, entre otras cosas, para poder hacer frente a la lucha por su supervivencia. Satisfacer las distintas necesidades, desde las más básicas, requirió y requiere cada vez más de la cooperación entre individuos, que permite generar y acceder a los bienes y servicios

indispensables. Estos bienes no están disponibles directamente de la naturaleza, sino que requieren de un proceso necesario de trabajo, por el cual adaptamos los bienes comunes a nuestras necesidades concretas.

Además del imprescindible proceso de producir y distribuir los bienes que necesitamos para vivir, la vida en comunidad nos permite alcanzar muchos otros objetivos, como el desarrollarnos plenamente como personas, relacionarnos de diversas maneras, realizar actividades culturales y artísticas, sentirnos comunicados y partícipes de grupos de afinidad, practicar deportes, divertirnos, etc.

El orden social vigente, el capitalismo, se apoya en una base material (el orden económico) que tiene determinadas características y dinámicas de funcionamiento, que han desatado diversos procesos estructurales que lo llevan no sólo a imponerse sobre el resto, sino a subordinar al resto de las relaciones sociales a su lógica depredadora.

De esa manera, no sólo “la economía” sino “la política”, “la cultura”, “la ciencia y la técnica” y el resto de los “órdenes” de la sociedad actúan en función de dos prioridades indiscutidas e indiscutibles para los impulsores y defensores del orden social capitalista: la búsqueda de la máxima ganancia como principal objetivo de la actividad económica individual, y la búsqueda del máximo crecimiento económico posible como fin esencial del sistema en su conjunto.

¿Qué significa que el principal objetivo microeconómico es alcanzar la máxima rentabilidad de una actividad, y por qué motivo lo aceptamos y lo hemos naturalizado?

La prioridad de maximizar las ganancias en cualquier actividad que lleve adelante un agente económico en el capitalismo quiere decir que no hay nada más importante que eso. Cualquier otra cosa que se presente se subordina a ese objetivo, que se tratará de alcanzar por encima de cualquier obstáculo o frente a cualquier otra consideración. Para decirlo de manera más clara:

si para lograr la mayor rentabilidad de una actividad se puede afectar negativamente a otras personas, contaminar el ambiente, afectar la salud y hasta poner en peligro la vida humana, se hará. Todo sea por alcanzar la máxima ganancia.

Pero esa búsqueda de rentabilidad de parte de cualquier persona que decida intervenir en la economía capitalista (es decir que resuelva invertir capitales para producir bienes o servicios)no es congruente con el fin que debería guiar la actividad económica, de procurar el bienestar de todos. No se guía por consideraciones de generosidad, altruismo, colaboración, satisfacción de necesidades básicas. La búsqueda de la máxima ganancia es un hecho que hemos naturalizado todos en este orden social, donde a muy pocos se les ocurriría desarrollar una actividad con otro fin diferente.

Pues porque existe una regla de juego fundamental, que orienta la conducta de los que actúen como empresarios en este sistema: es la competencia. Quienquiera que desee desarrollar una actividad, puede invertir su capital donde se le ocurra. Sólo está sujeto a una condición: ser competitivo y tener a quién vender su producción.

En nuestro sistema económico no se produce para el autoconsumo. Se produce para vender en el mercado. Por lo tanto siempre deben existir personas con poder adquisitivo dispuestas a adquirir lo que se produzca. Pero con el peligro permanente que puede haber otros agentes económicos que hagan la misma mercancía y disputen por los mismos consumidores (eso es la competencia). Y el empresario que sea más competitivo, ofrezca los mejores productos, se quedará con el favor del mercado.

¿Qué le sucederá al que es menos competitivo? Perdería los clientes, podría llegar a fundirse y a perder además todo lo que invirtió. Y en tal caso, nadie saldría en su ayuda. El mercado lo “castigaría” por ineficiente. De manera que la señal clara del orden económico es ser más competitivo y ganar clientes, o arriesgarse a perder.

Pero ¿cómo ser más competitivo? No existe una fórmula ganadora, pero sí pautas: hay que llegar con un producto mejor, más barato, de mayor calidad, más atractivo, más innovador, etc.

Para lograrlo hay que invertir (en tecnología, ampliación de escala de producción, etc). Y para invertir hay que tener recursos. ¿De dónde sacar recursos para la lucha competitiva? La única fuente genuina es la que brinda la propia actividad: la ganancia.

¿Por qué razón o por qué vías hemos llegado a engendrar un orden social, donde la base

económica se mueve en función de obtener la mayor rentabilidad a costa de cualquier otra cosa?

 

Resumiendo: si quiero ser competitivo, sobrevivir y crecer, tengo que invertir. Para invertir debo ganar. Si no gano, no invierto, no soy competitivo, y puedo perderlo todo (y entonces nadie me va a ayudar). De manera que ganar no es una cuestión de gustos o valores, es una necesidad imperiosa que imponen las reglas de juego de la economía capitalista. Y no deja lugar a otras consideraciones, sociales, ambientales o de vida. Esto va desarrollando una conducta generalizada que se hace costumbre y cultura, y que no queda sólo en el ámbito de la economía,sino que se expande hacia el resto de las relaciones sociales.

Este comportamiento productivista generalizado conduce a un proceso donde los ganadores van a invertir y ampliar permanentemente su escala de producción para ser cada vez más competitivos y ganar más mercados. Se llega entonces a la segunda gran aberración del sistema: el crecimiento económico permanente, Cada vez hay mayor capacidad productiva, se generan más productos, la economía crece, y eso se refleja en el aumento incesante de un indicador “estrella” del sistema: el PBI (Producto Bruto Interno). El mismo trata de medir la cantidad total de nuevos bienes y servicios finales que produce un sistema económico durante un período de tiempo, y su incremento pasa a ser el objetivo central de quienes gobiernan una sociedad.

Todas las políticas se orientan a tal fin, ya que es la medida del éxito o fracaso de una gestión.

Pero, ¿qué significa el crecimiento permanente? ¿Qué implica buscar que el PBI aumente año a año, a las mayores tasas posibles? Significa que esa economía funciona de manera tal que cada vez extrae mayor cantidad de recursos de la naturaleza, y a la vez genera y arroja mayor cantidad de desechos y residuos. No interesa cómo ni a qué costo. No se considera todos los bienes comunes que se destruyen, aunque muchos que son esenciales para la vida no se recuperen nunca más, y comiencen a escasear. Tampoco se tiene en cuenta si se genera empleo, si se distribuye de manera equitativa el fruto del crecimiento, o si el conjunto de la población disfruta de mejores condiciones de vida.

 

Si se fabrican armas para destruir y matar, si se extraen peces hasta el agotamiento, si se desmonta y se arrasa con bosques para dejar territorios desiertos, si se sacan minerales y recursos hidrocarburíferas que no se repondrán jamás, si se agota el suelo fértil con técnicas depredado emplazan mil obreros por máquinas (dejando mil familias desocupadas), todo eso aumenta el PBI e implica mayor crecimiento. Y si ese crecimiento se concentra en cada vez menor cantidad de personas no interesa. Es el resultado lógico de la competencia,como regla de juego fundamental del sistema, y de sus dos grandes objetivos (aberraciones):obtener la máxima ganancia de la actividad y el mayor crecimiento posible.

La evolución de este orden social muestra una dinámica con cambios permanentes, que llevan a una concentración y centralización de los capitales en cada vez menos empresas, y cada vez más grandes. La contracara de ese proceso es una estructura social con crecientes desigualdades, donde a nivel planetario se llega a que sólo el uno por ciento de los habitantes tenga más riquezas acumuladas que el 99 por ciento restante. O que sólo cinco personas (las más ricas del mundo) tengan más riquezas que la mitad más pobre de la población, es decir, más que 3.700 millones de personas. O que más de la mitad de los seres humanos viva en la pobreza estructural, y de ellos más de dos mil millones pasen hambre todos los días.

¿Cómo es posible que una comunidad haya llegado a aceptar estas aberraciones y a naturalizar un sistema económico que va expulsando masivamente seres humanos de los beneficios de su funcionamiento y arrojándolos a la miseria, que condene a morir por esas causas a más de 50 mil personas cada día que pasa? ¿Cómo es posible que la sociedad permanezca indiferente a un sistema económico que va depredando recursos esenciales y destruyendo el ambiente que es esencial para su propia subsistencia, aún poniendo en peligro a toda la humanidad? ¿Cómo es posible que los gobiernos, en lugar de poner límites a ese accionar irracional y de defender los intereses del conjunto, actúen en cambio para promover e impulsar ese funcionamiento demencial?

La sociedad al servicio de la economía

Sucede que este orden social, que tiene como base material el orden económico descripto, ha sido carcomido por la dinámica de su economía, que ha logrado imponer sus objetivos sobre el resto de los órdenes existentes.

El orden político, con una sociedad organizada a partir del Estado, debería bregar por los intereses del conjunto, además de acompañar el orden económico. En tal caso, el mercado actuaría

dentro de los límites y controles que debería ponerle el Estado y quienes lo conducen. Pero el

propio Estado no es una entelequia o una institución en manos de actores que están por encima

y al margen de la sociedad y de la lucha competitiva de los diferentes sectores, clases y fraccio-

nes de clase. Es también (como el mercado) un espacio de disputa, que se trata de ganar porque

constituye una herramienta eficaz para cambiar la realidad. Y por supuesto, cada sector, clase o

fracción de ella buscará controlar, incidir o influir en las decisiones del Estado, para su propio beneficio.

La evolución de la sociedad capitalista y las tendencias estructurales de la dinámica de su eco-

nomía, desata varios procesos que van cambiando la conformación inicial. Los procesos de

concentración y centralización de capitales condujeron ya hacia finales del siglo XIX al predo-

minio de mercados en manos de pocas y grandes corporaciones. El proceso de internacionali-

zación de los capitales llevó a una expansión planetaria del sistema, que ha logrado imponerse

en casi todo el planeta. Pero la tendencia al crecimiento es siempre desigual y heterogénea, es

decir que no todos se benefician con la dinámica del sistema, sino que hay ganadores y perde-

dores que van dando forma concreta a las sociedades capitalistas, con una pirámide con cada

vez menos personas en la cúpula y cada vez más población en su base. También la tendencia al

funcionamiento cíclico implica la sucesión de etapas de expansión, que se interrumpen de ma-

nera periódica por crisis que genera el propio sistema, y donde su resolución implica un mayor

fortalecimiento del mismo aunque la mayoría de las veces con una minoría que concentra los

beneficios de su funcionamiento.

Resultado de esa evolución histórica ha sido la consolidación de una cúpula minoritaria (de

capital financiero concentrado y grandes corporaciones transnacionales) que concentra tanto

 

poder que condiciona las decisiones políticas, poniendo a los gobiernos al servicio de sus estra-

tegias y de sus intereses. De ese modo, el orden político actual viene jugando a favor de la pro-

fundización de las lógicas económicas, y la orientación de las decisiones gubernamentales al

buscar mejores oportunidades de negocios rentables y el mayor crecimiento posible, provoca

consecuencias de magnitudes gigantescas, que impactan de manera desfavorable en términos

sociales y ambientales.

No es de extrañar entonces que cuando el bienestar de sectores importantes de una comuni-

dad se ven afectados por la forma de funcionamiento del sistema y se requieren medidas que

protejan a los más desfavorecidos (en situación de pobreza e indigencia), las políticas públicas

se inclinen por favorecer a los sectores económicos más concentrados y poderosos. Tampoco

extraña que aunque las corporaciones provoquen daños enormes e irreparables al ambiente,

aunque existan sectores que se opongan legítimamente, el Estado saldrá a proteger “el derecho

de los inversores” y la necesidad de “progreso”.

Así, la estabilidad política de un gobierno no depende tanto del consenso social como del apoyo

del poder económico. Y si para conformar a los poderosos se llega a poner en peligro el consen-

so social, hay siempre disponible otra medicina de última instancia: la represión institucional,

que hará entender “por las buenas o por las malas” que lo que tenemos es lo único posible.

No obstante la existencia de numerosas luchas en defensa de derechos sociales y de la protec-

ción del ambiente y la vida, gran parte de la sociedad vive y actúa hoy con una total indiferencia

frente a los graves males humanitarios y ambientales existentes. A pesar de que hablamos de

miles de millones de personas perjudicadas, de la posibilidad concreta de colapsos que pongan

en riesgo la supervivencia humana en el planeta, la reacción de gran parte de la sociedad es casi

nula. ¿Cómo puede llegar a suceder?

 

Hablamos entonces de otro orden: el cultural, que también ha sido puesto al servicio de la

acumulación desenfrenada de capitales. Desde el sistema educativo, el relato oficial y la acción

de los grandes medios de in-comunicación y des-información, se va difundiendo una mirada

legitimadora del orden social, que oculta los horrores del sistema y promueve el consumismo

como el fin principal de la vida de las personas.

El bombardeo permanente y sistemático de mensajes que indican todos los beneficios que se

pueden lograr dentro del sistema, trabajando honestamente y accediendo a ingresos que per-

miten adquirir bienes y servicios que mejoran la vida cotidiana, comienza desde la temprana

edad y continúa en todas las etapas de la vida. La necesidad imperiosa de vender cada vez más,

requiere que la demanda crezca rápido y se multiplique. Si eso no sucede, se dificulta el creci-

miento y corre peligro el sistema. Por lo tanto, no importa qué cosas se consuman, sino que el

consumo se incremente de manera constante. Se buscará asimilar nivel de vida con cantidad

de bienes consumidos, y quien más consume y más tenga, será más feliz en la vida. Y no habrá

nada que lleve a vincular ese mayor consumo con la destrucción del ambiente o con los futuros

colapsos que vivirá la humanidad en plazos no muy lejanos.

También el orden de la ciencia y la tecnología se pondrá al servicio del orden económico, en

lugar de desarrollar conocimientos que puedan aplicarse para resolver los problemas sociales

y mejorar la calidad de vida de quienes más lo necesitan. El notable desarrollo alcanzado en

este plano ha venido orientándose cada vez más en el sentido de buscar formas de multiplicar

la rentabilidad de quienes detentan el poder más concentrado, que son los que tienen mayor

capacidad financiera.

Poco a poco, no sólo en el campo de la investigación privada, sino también de manera creciente

en el ámbito público, la ciencia y la tecnología se orienta a encontrar la mejor manera de poten-

ciar los beneficios empresarios, aunque acotado a las más grandes corporaciones. Para ese fin

habrá siempre presupuesto disponible. Para fines sociales apenas migajas.

El resultado de esta evolución nos trae a la realidad actual y a los graves problemas humanita-

rios y ambientales comentados, que son la consecuencia natural de la dinámica de este sistema.

Nos muestra que la sociedad capitalista opera como un monstruo de muchos tentáculos que

obedecen al cerebro de la economía y de sus lógicas demenciales.

 

Pero que nos debe hacer reflexionar sobre la necesidad imperiosa de trabajar por el cambio so-

cial, de transitar de manera urgente por caminos alternativos, que contemplen modificaciones

a los diferentes “órdenes” de esta sociedad, que están subordinados y al servicio de la acumula-

ción desenfrenada de riquezas, de la creciente e incesante concentración de la misma en muy

pocos, y del crecimiento infinito e imposible en el marco de un planeta que es finito, que lo

estamos destruyendo, y que es el único hogar que tenemos los seres humanos.

Por la construcción de otros mundos

Por esa razón es que bregamos por la construcción de otros mundos posibles y necesarios, que

demandan cambios a nivel individual, de grupos y de toda la comunidad. Que requieren otras

formas de producir, de consumir y de convivir. Que necesitan otros pensamientos y otras gafas

para mirar la realidad. Que ya están caminando muchos seres humanos en distintos lugares

del planeta y de nuestro propio país. Que lo ha de construir cada pueblo y cada comunidad en

función de sus realidades y sus culturas. Y con el mayor protagonismo posible de todos. Porque,

en este sentido, lo que hagamos hoy definirá cuál será nuestro futuro. Y seguir como vamos no

es una alternativa, sino el camino seguro hacia el abismo.

Y ese cambio, además de necesario es posible. Ya está sucediendo en los diversos órdenes de la

sociedad. Aunque atomizado e incipiente, busca desarrollarse entre los intersticios que dejan

los tentáculos del pulpo. Son las señales de los nuevos mundos que debemos impulsar. En el

consumo solidario y la economía social. En las relaciones de cooperación y ayuda mutua.

En los trabajadores que ante la amenaza de cierre de sus empresas deciden tomar ellos mismos

la responsabilidad de conducirlas. En la soberanía alimentaria y la agroecología. En la pequeña

producción campesina. En las experiencias de las ecoaldeas, de las ciudades en transición. En

las nuevas fuentes de energía limpias y sustentables. En el trabajo voluntario a favor de las co-

munidades relegadas y los barrios periféricos. En la dura tarea de muchos docentes que no se

rinden ante el poder de la verticalidad institucional y ensayan otras formas de educación y otros

contenidos al servicio de la libertad. En la anónima acción cotidiana de muchos investigadores

que desafían los intereses económicos y las presiones de sus autoridades, aunque les cueste

muchas veces hasta sus carreras. En los periodistas independientes y los medios populares y

alternativos que enfrentan la censura y las persecuciones, y arriesgan sus fuentes de trabajo,

para denunciar las injusticias del sistema y apoyar las múltiples resistencias. En los numerosos

movimientos sociales, las asambleas ciudadanas, los grupos de militancia por los derechos de

la mujer, por la protección del ambiente, por la defensa de los derechos humanos y de la sobe-

ranía nacional. En el ejemplo de los pueblos originarios, que siguen con su resistencia ancestral

contra el genocidio y el saqueo.

Todos son gérmenes del necesario nuevo orden social que debemos construir entre todos. Un

mundo plural y solidario. Una sociedad donde vivamos en armonía, con nosotros mismos, con

nuestros semejantes y con la naturaleza de la cual formamos parte. Por nosotros, por los miles

de millones de seres humanos que más sufren, por las futuras generaciones con derecho a se-

guir viviendo en este planeta.

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