No hay excusas con la crisis; es toda nuestra

Por Jorge Herrera

Hay momentos en los que hay que hacerse cargo. Y este es uno de ellos. Culpar de la actual crisis a un desencadenante externo es mirar para otro lado. Es cierto que en el medio de la debacle factores externos influyeron, pero en realidad no hicieron más que desnudar una realidad que parecía querer soslayarse. La economía argentina no estaba preparada ni para el optimismo con el que el Gobierno de Cambiemos quiso avanzar gradualmente, ni para el salto sin red. Sin duda, el excesivo optimismo con el que los principales técnicos de la Fundación Pensar, think tank de Cambiemos, abordaron los problemas estructurales confirmaron serios errores de diagnóstico. Que hoy se están pagando.

Todo el mundo esperaba el repliegue de las políticas monetarias expansivas de los principales bancos centrales del mundo, que dieron lugar al mayor ciclo alcista de los mercados internacionales. De modo que no podía desconocerse ese escenario (de subas de tasas de interés internacionales) en el diseño de la política económica. Sin embargo, a los ojos del presente es como que alguien pecó de muy optimista, o demasiado ingenuo o era un febril amante al riesgo.

El idilio argentino tuvo su punto de inflexión a fines de abril pasado. En pocas semanas el riesgo soberano pasó de apenas por encima de 400 puntos básicos a más de 600 puntos. En el ínterin sobrevino el acuerdo con el FMI y cayó al territorio de los 560 puntos. Pero luego un segundo round al embarullarse el caso turco llevó la prima de riesgo argentina a niveles por encima de los 780 puntos. En todo este proceso el riesgo de la región latinoamericana apenas acusó el impacto del ruido emergente deambulando en torno de los 180 a 230 puntos. Sin embargo, al observar la evolución del spread o diferencial entre el riesgo argentino y el de la región queda en evidencia que todo el salto es idiosincrático, o sea, puramente criollo. Este spread que venía operando en zona de 215 puntos a fines de abril pasado saltó por encima de los 320 puntos y en el segundo round trepó a niveles de casi 550 puntos. Es decir que los inversores separaban muy bien la paja del trigo. Esto también puede verse claramente en el comportamiento del costo de los seguros contra default (CDS), que en abril apenas superaban los 270 puntos (con un riesgo-país de 403 puntos básicos) y aumentó a más de 400 puntos en el primer round y en el segundo llegó a niveles de 840 puntos.

¿Qué fue lo que pasó? El Gobierno decidió básicamente “dejar todo como estaba” al asumir la gestión y que el crecimiento hiciera el trabajo sucio. Para ello, era necesario construir un puente de financiamiento y ello precisaba no tener ni cepo ni seguir en default. Vencidas estas restricciones, volvió el acceso a los mercados internacionales. De esta manera, a pesar de que el sector privado comenzó a sentir los coletazos del gradualismo vía el ajuste “tarifario”, el somnífero del tipo de cambio apreciado fue un bálsamo principalmente para los sectores medios de la sociedad. Fue así que con el fin de mantener el déficit fiscal más o menos estable (en realidad fue peor porque creció) se recurrió al financiamiento externo. Esto derivó en que, de los más de u$s116.000 millones que ingresaron en la era Macri hasta el I trimestre de 2018 (vía deuda soberana, provincial y privada, más capitales golondrinas) más de u$s37.000 millones permitieron financiar el déficit de la cuenta corriente donde se gastaron u$s23.000 millones en turismo y otros u$s22.000 millones en el pago de intereses. Otros u$s45.000 millones se fueron por atesoramiento de residentes y el resto, u$s35.000 millones a engrosar las reservas del BCRA.

Es decir que en este período los capitales que entraron a financiar el déficit fiscal terminaron también financiando el explosivo gasto en turismo en el exterior y la fuga de capitales de los argentinos. La contracara de esto fue que el país alcanzó niveles de déficits gemelos (fiscal y de cuenta corriente) similares a los récords de 1975 (Rodrigazo) y 1982 (Malvinas) en torno a los 14 y 12 puntos del PBI respectivamente. Según estimaciones del Estudio Broda, este año la suma de ambos desequilibrios supera los 11 puntos del PBI.

Dicho todo esto, resulta insoslayable que gran parte de la responsabilidad, por no decir toda, es propia. El Gobierno eligió el sendero que creyó más conveniente para no emprender la dura travesía de las reformas estructurales que permitan sacar al país del estancamiento decadente en el que está inmerso desde hace 70 años. No se aprovechó ni la luna de miel de los 100 días, ni el espaldarazo electoral del 2017 y ahora el mercado imprimió el clásico castigo sobre los activos domésticos mientras la corrida cambiaria hacía el resto.

Una serie de desaciertos internos conspiraron en acelerar el desenlace. Y si bien el país es del club emergente, el resto de los socios no tuvieron que ver en nuestra debacle. Son errores propios. Las manadas de inversores están entrenadas y huyen por las dudas, total, siempre hay revancha. Ahora en el mercado internacional temen que la crisis argentina escale sobre otros miembros del club. El peor escenario sería una crisis sistémica, algo de lo que todavía no hay señales. De ahí la cautela.

ámbito.com

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