Tucumán, laboratorio electoral

Por Guillermo Alfieri.

 

Las elecciones en Tucumán actuaron como el forúnculo que, a fuerza de fomentos, estalló y derramó el pus que contenía, excediendo los límites de la provincia. A distancia de enfoques parciales y sesgados, cabe la conclusión de que las herramientas del sistema democrático tienen imperfecciones, tan más o menos graves que las de los seres humanos, que deberían ser sus celosos custodios. La cuestión es que ahora Tucumán es un laboratorio de causas y efectos del conflicto, latente en el conjunto del país.

+ – + – + – +

La gravedad de los hechos, motivó que nos enteremos o repasemos lo que debió enseñarse en los programas educativos. Los comicios se rigen con pautas federales. La Constitución Argentina faculta al poder ejecutivo a instrumentar lo concerniente a la elección de presidente y vice, senadores y diputados nacionales, en base a la ley que sancione el parlamento central. La misma atribución le otorga a las provincias y a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires para entender en materia de gobernador y vicegobernador, legisladores locales e intendentes.

El federalismo no es culpable de que, en su nombre, se instale una diversidad de normas para resolver similares competencias. Lo que sucede es que se introducen en la batería de decisiones extrañas, con el viento a favor de mayorías transitorias, como el de las colectoras y conectores, que apabullan a los votantes y favorecen a los mandamás. En Tucumán, los cuartos oscuros se vieron invadidos de enormes boletas, con 25 mil candidatos de 500 agrupaciones.

+ – + – + – +

Los calendarios electorales son otro motivo de especulación, con sustento legal. En cada porción de la geografía política, el gobernador decide si los comicios provinciales coinciden o no con la fecha de los nacionales y por esa razón las urnas se habilitaron desde marzo a octubre o noviembre de 2015.

De menor a mayor, corresponde mencionar la duración de los mandatos, establecida con rango constitucional. En Santa Cruz se puede ser titular del poder ejecutivo de por vida; el de Formosa lleva 20 años en el cargo; el tucumano José Alperovich lo dejará a los 12 años continuados. Qué decir de intendentes, merecedores de la jubilación ordinaria en la función. Para cerrar el círculo, en estados como el tucumano, el tribunal electoral no es modelo de independencia de la supremacía política del oficialismo, que designa a sus miembros.

+ – + – + – +

Guste o no guste, lo que no viola la ley no es un fraude. De cualquier modo, nada impide plantear el debate sobre el heterogéneo mapa de regímenes electorales, calendarios, mandatos y controles en un mismo país, que es federal en ciertas cosas y centralista en otras. Vale recordar que en Santa Fe existían los lemas, que permitían consagrar gobernador a un candidato que no conseguía, individualmente, el mayor número de sufragios. La norma fue derogada, con un acuerdo político que se tradujo en el voto directo, legitimador del canto de las urnas.

+ – + – + – +

Según el diccionario, fraude es eludir la ley en perjuicio del Estado o de terceros o para burlar los derechos de una persona o de una colectividad. Siendo así, en Tucumán hubo fraude electoral, conjugado en faltas (correccionales) y delitos (penales). Ante la potencia de las evidencias, el gobierno provincial no las niega pero las refleja en acciones compartidas por la oposición. Lo que implanta la impresión del todo vale para todos, fraude mediante.

+ – + – + – +

De cierta manera, el fraude es como la corrupción. Hacerlo es grave; más grave aún es que goce de impunidad y de la resignación del cuerpo social al otorgarle patente de inevitable. El rol de conformista lo alteraron los tucumanos que llenaron la plaza de significativo nombre: Independencia. La movilización popular perforó los discursos evasivos y se recurrió a la represión, a falta de razones sostenibles.

+ – + – + – +

Es incierto que lo que expone el laboratorio electoral de Tucumán, se irradie al territorio de la Argentina como para que las barba se pongan en remojo y de golpe y porrazo desaparezcan las prácticas habituales y diseminadas del clientelismo, a cielo abierto o disimulado, en efectivo y en especies, en bienes muebles e inmuebles y en estabilidades laborales y en inauguraciones de obras en las vísperas electorales.

El clientelismo no es novedoso, ni patrimonio exclusivo de un color partidario. Lo que es noticia consiste en que está repuesto como un elemento antirrepublicano en la góndola de los comicios. Si la crítica ciudadana no se obtura por adhesiones incondicionales, quizá reaparezca, generalizada, aquella intransigencia que a principios del siglo XX exigió el voto universal, secreto y obligatorio, como un derecho humano irrenunciable.

Sé el primero en comentar

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*


Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.